Cambio con Cristo, destino seguro
Sermón de graduación
Dr. Tevni Grajales G
Verano de 1999, Montemorelos

La clase de graduandos verano 1999 nos ha inspirado con su Lema:

El cambio con Cristo

y con su Blanco: Destino Seguro.

De esta manera han sugerido para nuestra reflexión, algunos términos abundantes en su significado. Destino, Seguridad, Cambio.

Tomemos unos minutos para hacer unas pocas reflexiones sobre el cambio. El cambio se presenta en diferentes formas, con diferentes consecuencias y en diferentes dimensiones. Según el texto bíblico, en el mundo creado perfecto por Dios, el cambio se hacía evidente en las estaciones, los días y los años (Génesis 1:14) porque el cambio tiene lugar en el tiempo. Y también se hacía evidente en la acción y los resultados del que labra la tierra (Génesis 2: 15), porque el cambio tiene lugar en el espacio. De manera que el cambio fue una realidad en el mundo desde antes que el pecado entrara.

El pecado es un cambio que tiene lugar en el espacio, en el tiempo y en la dirección no apropiada. De manera que con el pecado o sin el pecado, el cambio es parte de nuestra realidad.

El cambio, como una realidad siempre presente en el mundo parece haberse acelerado en los últimos 40 años como resultado del desarrollo de la ciencia y de la tecnología. Es imposible e innecesario detenernos para describir los cambios que hemos experimentado en las diversas esferas y dimensiones del quehacer humano. Permítanme señalar que aun nuestra cosmovisión como ASD, en cierta medida, también ha sido efectada por tales cambios. Si quiere usted tener acceso a una de las muchas evidencias, dedíquese a comparar el contenido y los comentarios de las lecciones de escuela sabática de este trimestre, las cuales tratan el tema de la creación, con las lecciones sobre el mismo tema de hace 50 años atrás. Claro que los fundamentos son los mismos, seguimos creyendo que Dios creó por su Palabra y no solo creó sino que sustenta su creación. Pero si hubiésemos tenido con nosotros esta mañana a alguno de nuestros pastores adventistas de inicio de siglo, les aseguro que hubiésemos tenido una discusión muy interesante.

Otros ejemplos de cambios en el pensamiento ASD fueron resultado de largas horas de estudio sobre temas como el Santuario Celestial y el Ministerio de Cristo, el divorcio y el segundo matrimonio, los roles familiares. En fin hermanos, si mejor lo desean hacer, comparen el manual de iglesia de hace 50 años atrás con el actual. Todos concordaremos en que el cambio es una realidad inevitable.

En esta mañana quisiera aprovechar la circunstancia de un acto de graduación para llamar la atención de ustedes a la forma como el cambio se relaciona con dos procesos que tienen lugar en nuestro medio, a saber: la educación y la redención. Emerson, un destacado educador norteamericano del siglo pasado dijo que Educar es redimir. Hace seis semanas tuve la oportunidad de participar en un congreso de educadores en el Perú. Más de 11,000 maestros se reunieron por tres días en la Ciudad de Juliaca para compartir sus experiencias como educadores. Luego de mi segunda conferencia se acercó un educador joven quien solicitó mi opinión respecto a un pequeño libro que él acababa de publicar. Al hojear rápidamente las páginas noté que con frecuencia utilizaba el término redención y le pregunté qué era lo que él entendía por redención. A lo que me contestó: libertar de la esclavitud. Una segunda pregunta vino a mi labios: ¿a qué esclavitud se refiere? Y me señaló que se trata de la esclavitud del analfabetismo, de la ignorancia, de los vicios, de roles y condiciones de vida, y finalmente también mencionó la esclavitud del pecado (él es profesor en un colegio católico en una de las ciudades del altiplano peruano).

Tanto en el proceso de la educación como en el proceso de la redención, el cambio es una realidad indispensable. No puede haber educación ni tampoco hay redención sin cambio.

Pero hay un aspecto muy importante que debemos considerar. El cambio puede tener lugar a diferentes niveles de profundidad, efectividad e impacto. Tenemos por ejemplo el cambio que Omar Torrijos Herrera denominaría "Cambio Cosmético". Es el cambio que se conforma con las apariencias, tiene que ver con la forma de las cosas o las acciones pero no necesariamente con el fondo o sustancia. Más de una vez, en mis visitas como estudiante colportor y más tarde como pastor he tenido que esperar a la puerta de una casa mientras que sus habitantes corren a hacer un cambio cosmético de su persona o de las condiciones de la casa. Se ponen una hermosa bata, se esconden las cosas en un cuarto o debajo de los muebles, se rocía un poco de desodorante ambiental, etc. También he visto a los encargados de reparar los autos en los centros de venta de auto usados realizando cambios cosméticos que hacen que un vehículo mecánicamente malo logre ser atractivo.

Tanto en la educación como en la obra de la redención existe el peligro de que quienes participen confundan el significado, el propósito y los beneficios del verdadero cambio.

Como ejemplo podríamos en esta hora referirnos a la entrevista nocturna de nuestro Señor Jesucristo con el maestro judío llamado Nicodemo. Un fariseo en el sentido histórico del término. Según Elena de White, Nicodemo era estricto en el cumplimiento de la ley, practicante reconocido de buenas acciones, benevolente y generoso al sostener el culto. Tenía una profunda seguridad de contar con el favor de Dios. Había llegado a sufrir la falta de espiritualidad de su iglesia (porque sus miembros estaban dominados por el fanatismo y la ambición mundanal) y por eso, Nicodemo, esperaba un mejor estado de cosas o cambio cuando el Mesías viniera. Pero en verdad no se había dado cuenta cuán profundo era el cambio verdadero. Jesús le abre los ojos a esa realidad del cambio en su dimensión más trascendente cuando le dice "No te maravilles de que te dije: os es necesario nacer de nuevo" Juan 3:7

En un acto de graduación cuyo lugar y fecha prefiero no declarar, un estudiante graduando subió a la plataforma y expresó la respuesta que el grupo de graduandos ofrecía al sentido sermón de consagración, que acababa de ser presentado esa noche de viernes de graduación.

Al principio casi no podía creer que estaba escuchando lo que estaba escuchando. Luego miré a mi alrededor a fin de verificar si acaso me había equivocado de lugar. Pero en efecto era la graduación a la cual había sido invitado. Según las palabras del estudiante, la clase de graduandos, allí presente, estaba constituida por aguerridos estudiantes que, habiendo superado todas las dificultades de la carrera, salían al campo de labor para trabajar con celo y valor como lo habían hecho en las aulas de clase. Dijo el graduando que el Señor podía contar con que ellos siempre lucharían por ser los mejores y estar siempre en el primer lugar. Que una vez identificaran una meta, tomarían por el camino más corto y directo para alcanzarla porque era el más fácil.

Esas declaraciones quedaron resonando en mi mente por varias horas, días, semanas y meses. ¿Será que el propósito de la educación es formar profesionales que luchen por ser los mejores y ocupar el primer lugar? ¿Cómo se debe entender una declaración tal? ¿Hay algo de malo en eso? El Señor prometió a Israel que ellos serían cabeza y no cola, que prestarían en lugar de pedir prestado. (Deut. 28:13,14) ¿Acaso se trata de eso? ¿Y cómo entender aquello de "tomar el camino más corto y directo" hacia la meta?

Después de mucho reflexionar, leer y valorar sobre estos asuntos, llegué a la conclusión de que el problema radica en una sociedad que exalta el logro de objetivos o metas desde la perspectiva de la conducta resultante.

Tomemos, por ejemplo, lo que pasa en la mayoría de las aulas de clase del mundo. Los padres mandan al niño o al joven a la escuela para que aprenda. ¿Y cómo se sabe cuándo esto se ha logrado? Pues cuando el estudiante aprueba la materia.¿ Y cómo sabemos que el muchacho aprueba la materia? Pues cuando obtiene la calificación mínima requerida. De manera que en la práctica, desde muy temprano en la niñez, hemos desarrollado la idea de que vamos a la escuela para conseguir una calificación que nos permita disponer de un cierto grado o certificación. Obtener la calificación más elevada es como decir que aprendió o que sabe más, es decir es el primero. Eso nos lleva a la segunda declaración, si la meta es ser el primero hay que hacerlo por el camino más corto y directo. En otras palabras: ¡el camino más fácil!

Hace casi dos mil años atrás un joven que parecía compartir estas ideas se acercó a Jesús diciéndole: "Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? (Lucas 18:18). Notemos detrás de esta declaración a una persona orientada hacia metas y objetivos, su meta era heredar la vida eterna. Aquí no se trata de obtener una simple calificación, éste sí tenía un objetivo mayúsculo: ¡la vida eterna!. Pero esto no lo hace ser un joven singular, pues muchos otros personajes en el tiempo de Jesús parece que tenían el mismo objetivo.

De hecho, posiblemente era la meta más gloriosa a la cual aspiraba toda la sociedad judía de los tiempos de Cristo. De las palabras de Jesús a Nicodemo " el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios" (Juan 3: 3) podemos inferir que, este principal de los judíos, había buscado a Jesús aquella noche, impulsado por el interés de tener la vida eterna. Podemos recordar también al carcelero de Filipos quien preguntó "¿Qué debo hacer para ser salvo?" (Hechos 16:30) y así podríamos citar muchos otros ejemplos de personajes bíblicos que compartían ese interés común expresado por el joven rico "heredar la vida eterna". ¿Y qué hay de malo en esto? ¡Pues en verdad nada! Antes por el contrario, ¡Ojalá todos tomáramos conciencia de que tenemos un cielo que ganar y un infierno que rehuir! Sólo estoy utilizando estos textos para mostrar que aquella sociedad también se orientaba hacia metas u objetivos. Pero algo más, en aquella sociedad también se valoraba a las personas por lo que hacían y no por lo que eran. Sin duda ustedes ya lo han notado. Nicodemo se introdujo a Jesús diciéndole: "nadie puede hacer estas señales que tú haces..." (Juan 3:2) , el joven rico preguntó : "qué haré para..." Lucas 18:18) y el carcelero de Filipos dijo: "qué debo hacer para..." (Hechos 16:30).

Si nos detenemos por un momento en el caso particular del joven rico veremos que esa cultura de objetivos basado en conducta hizo de este muchacho uno muy semejante al que yo escuché en aquel culto de consagración hace un tiempo atrás. El joven rico era de aquellos que querían estar en el primer lugar, era de aquellas personas que saben lo qe es mejor y sólo lo mejor los satisface. Pero, no entendía que la promesa de salvación, el cielo que el Señor nos ofrece no es un fin en sí mismo. Esa oferta divina es una especie de incentivo para que se logre el propósito divino, es la culminación de un proceso y no simplemente una meta a alcanzar. El alumno que deja de interesarse en su crecimiento y desarrollo personal para conformarse con obtener un certificado o calificación, en un contexto teológico es un legalista, que busca la salvación por sus méritos sin considerar la obra transformadora de una experiencia personal con Dios.

Notemos la respuesta que Jesús da a la pregunta del joven. Se trata de una respuesta que evidencia el grado de excelencia del maestro. Jesús no cuestiona el énfasis legalista  conductista del alumno, el joven está preocupado por el hacer para...

Jesús le dice: ¿Quieres hacer para...? Entonces anda y vende.... y dalo a los pobres y sígueme. Desde un punto de vista de la conducta, pareciera que solo se trata de hacer cosas. Pero ¿se trataba en verdad de desprenderse de cosas y cambiar sus costumbres?

¡No! de ninguna manera. Porque no se trata del camino más fácil, de la ruta más directa hacia la meta porque es la más corta!

De hecho, desprenderse de cosas y cambiar costumbres es lo que denominamos reforma. Y es lo que muchos procuramos. Pero ¿cómo asegurarnos que no se trata de un pseudo cambio, de un cambio cosmético?

Al reflexionar en la respuesta de Jesús al joven rico podemos descubrir que hay algo más que una invitación al cambio o a la reforma. Porque un cambio o reforma sin considerar su calidad y profundidad, puede ser lograda por personas con un poco de fuerza de voluntad o poder. Y en efecto muchos así lo logran. Además es, en gran medida, un camino corto y directo. Pero la respuesta de Jesús señala hacia algo más complejo y exigente.

Se trata de tomar en cuenta no sólo los resultados esperados, hay que prestarle atención al proceso por medio del cual se logra el cambio y más aún a los medios con los cuales se realiza el cambio. En las palabras de Dios al profeta de la antiguedad, (Zacarías 4:6) un verdadero y genuino cambio "no es con ejércitos ni con fuerza" es decir no es producto de la sabiduría, habilidades, destrezas o poder humano, "sino con mi Espíritu". El cambio genuino que educa, que redime, es el que transforma y esto sólo es el resultado de acceder a una relación con Cristo. Se trata de un caminar, más que de un llegar. Se trata de un énfasis en el proceso y no en el producto. Jesús no le propuso una reforma al joven rico, Jesús le presentó un camino más largo, le hizo una invitación al reavivamiento.

Morris Venden en su artículo Revival: What it is (and Isn't) publicado en el número especial de la revista Adventist Review de Julio 1999 dice que cuando en 1887 E. de White señaló que "un reavivamiento de la verdadera santidad entre nosotros, es nuestra más grande y urgente necesidad" era porque los adventistas habían enfatizado la enseñanza de la ley hasta al grado de estar, según palabras de Elena White, " más secos que las colinas de Gilboa". Es decir, habíamos llegado a centrarnos en la conducta a tal grado que algunos tenían dificultad para pensar de otra manera. Si deseamos tener un cambio genuino y transformador es indispensable pasar por la experiencia del reavivamiento espiritual, el nacer del Espíritu. Nuestros antepasados adventistas llegaron a confundir el reavivamiento con la reforma. Y todavía hoy parece que muchos adventistas piensan que la reforma es el reavivamiento o que la reforma conduce al reavivamiento.

El reavivamiento no consiste en reuniones de culto llenas de emoción, inspiración y camaradería. Tampoco el crecimiento físico o numérico de la iglesia es reavivamiento. Ni podemos esperar que dicho crecimiento va a producir el reavivamiento. El proceso va en la dirección contraria, es el reavivamiento lo produce el crecimiento y la reforma. Sólo mediante el reavivamiento la persona logra su crecimiento interior lo cual constituye la esencia del verdadero crecimiento de la Iglesia, un crecimiento que consiste en el desarrollo de la persona del miembro de iglesia; pero dicho desarrollo no es reavivamiento. El genuino reavivamiento produce cultos llenos de inspiración, emoción y camaradería. Vuelvo a repetir, el genuino reavivamiento conduce al desarrollo del miembro y al crecimiento en general de la Iglesia. Pero no olvidemos que el reavivamiento tiene que suceder primero y es esencialmente un asunto personal.

Los reavivamientos pueden tener lugar sin la presencia de grandes predicadores. Pueden darse sin que necesariamente exista una gran organización. Pero nunca puede darse un reavivamiento sin la oración. A lo largo de la historia de la Iglesia Cristiana, la oración fue el elemento central de los grandes reavivamientos. Se iniciaron con una persona que en algún lugar llegó a sentir un carga, luego otro se le unió en su preocupación y luego muchos otros. Ellos comenzaron a orar por el reavivamiento. En fin, el reavivamiento únicamente viene en respuesta a la oración.

Qué clase de oración? He aquí un ejemplo del Salmo 85:6 " ¿No volverás a darnos vida, Para que tu pueblo se regocije en tí?

Ustedes hermanos graduandos han puesto delante de nosotros el lema. Cambio con Cristo. Y eso significa, cambio profundo, cambio que va al fondo, a la sustancia, a la esencia de las cosas. Un cambio que implica una entrega total de la voluntad y del ser, a Cristo Jesús. En Jesús tenemos el mejor maestro, el más destacado agente de cambio que el mundo ha conocido. Inició su ministerio presentándose ante Juan el Bautista para ser bautizado por él y una vez que salió del agua vino el Espíritu Santo sobre él y fue llevado al desierto para orar. Así nos mostró que todo cambio comienza con la entrega a Dios, la recepción del Espíritu Santo y la oración . Si consideramos los recursos con los cuales contó para el cambio, la Escritura nos dice que vino lleno del Espíritu Santo y de la Palabra de Dios, con una gran celo por el honor y la causa de Dios, con un profundo amor por las personas lo cual demostró por los actos de bondad, servicio y sacrificio desinteresado.

¿Qué cambios produjo? Cuestionó las prácticas y costumbres de una religión que él mismo había establecido por medio de Moisés. Puso fin a ritos y ceremonias que habían sido el fundamento de la fe verdadera por más de trece siglos (explicar Mateo 5:17), sustituyó el templo y el orden sacerdotal prestigioso y exaltado que había dominado el escenario religioso del pueblo de Dios por 13 siglos (Hebreos 8:1,2), resistió las presiones de una sociedad sometida por el pecado y se levantó como ejemplo intachable de santidad y perfección humana, generó un movimiento de fe y acción que conmovió hasta sus cimientos al imperio romano y reorientó el desarrollo de la historia humana. Produjo y produce cambios sorprendentes en la vida de las personas.

¿Cuánto le costó hacer el cambio? Se expuso al repudio y el rechazo de la sociedad, para vivir como el más pobre entre los pobres, de manera que no tenía bienes materiales con qué impresionar o atraer a los demás, se expuso al oprobio, a la burla y al abuso físico. Sufrió calumnias, traición y un juicio injusto. Murió torturado por sus enemigos, abandonado de la amistad humana y acompañado de los impotentes, como el más desgraciado.

¿Cuáles fueron las consecuencias finales? Resucitó de la tumba y se levantó para reinar en un reino que nunca jamás se corromperá. Reinará en una sociedad perfecta que vivirá en un mundo totalmente restaurado.

Ese Jesús, agente de cambio, es el que ustedes hoy invocan para que sea su compañero en el proceso de cambio que tienen que enfrentar. El cambio con Cristo no es el camino más fácil y mucho menos el más atractivo para la naturaleza humana.

Un ejemplo bíblico, de los muchos que nos pueden ayudar a visualizar las implicaciones personales y los efectos extendidos del cambio con Cristo. Se trata de un promisorio y bien educado líder religioso que ostentaba un cargo de confianza y de poder. Esto le aseguraba prestigio y prosperidad. Era una persona totalmente comprometida con el status quo al grado de perseguir y matar a quienes propusieran un cambio. Era un hombre triunfador, con privilegios muy codiciados. (tenía una doble nacionalidad), en el judaísmo aventajaba a muchos de sus contemporáneos en su nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de los padres (Gal. 1:14)

Pero un día, Cristo lo encontró en el camino a Damasco y Saulo de Tarso accedió al cambio con Cristo. El texto bíblico nos dice que caído en tierra escuchó la voz de Jesús que le decía : Por qué me persigues a lo que él respondió Quién eres Señor? Y el Señor le contestó: Yo soy Jesús a quien tu persigues. Y temblando y temeroso dijo: ¿Qué quieres que yo haga? Así se inicio el cambio con Cristo en la vida de Pablo. Entendió que la fuente del poder para el cambio estaba en Cristo y nos dejó su testimonio con palabras como éstas: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece" (Fil. 4:13). También declaró "Y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gál. 2:20). "Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder" I Cor. 4:20.

No solamente se operó un cambio radical en su vida, sino que ese cambio le constituyó en un agente de cambio a la manera de su Maestro. Liberó a la naciente Iglesia de sus prejuicios y estructuró su teología (Gálatas 5:1,3). Cambió la forma de relacionarse entre personas en una iglesia multicultural (Gál. 2:11-21). Adecuó el pensamiento liberador del evangelio a las rígidas estructuras sociales de la época (I Timoteo 2:8-15; 6: 1,2; 17-19; Efesios 6:1-9). Introdujo la nueva fe en numerosos lugares y en diversos contextos políticos y socioculturales. Pero no debemos olvidar que también Pablo, como su Maestro Jesús, tuvo que pagar un precio por el cambio. Perdió sus privilegios, amigos y prestigio. Sufrió la sospecha de sus correligionarios. Tuvo aguerridos y agresivos adversarios dentro y fuera de la iglesia los cuales le persiguieron a todas partes donde iba. Sufrió como sentenciado a muerte, como insensato, débil, fue despreciado. Padeció hambre, sed, desnudez, bofetadas, agotamiento, fatigas, maldiciones, persecución, difamación y tampoco tuvo morada fija donde vivir. Pero al final de sus días pudo decir: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mi, sino también a todos los que aman su venida" (2 Tim. 4:7,8). Ese gran agente de cambio dejó un consejo para quienes todavía tenemos que enfrentar el desafío de un cambio con Cristo. No perdáis, pues, vuestra confianza que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, Y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Mas el justo vivirá por fe; y si  retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma...despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe" (Hebreos10: 35-39; 12:1,2).

J. F. Kennedy Jr. decoló en su avioneta a las 8:30 de la tarde el viernes 16 de julio de 1999. Durante 50 minutos viajó acompañado de su esposa y su cuñada en dirección noreste y en medio de la niebla su avión se estrelló contra el mar poniendo fin a su vida y a la de sus acompañantes. Ese mismo día, en el mismo lugar y a la misma hora otro piloto se dio cuenta de que, dadas las condiciones atmosféricas del momento, se podía esperar la presencia de la neblina en las áreas aledañas a la costa este de los Estados Unidos y desistió de realizar su vuelo. Se dice que el accidente de Kennedy pudo ser evitado a no ser por su temeridad y falta de pericia en la navegación aérea. Nosotros somos como John Kennedy Jr., nuestra vida está amenazada por cambios en la atmósfera del pensamiento las prácticas de la sociedad, vivimos en tiempos de inestabilidad, de complejidad, de paradoja y de subjetivismo. ¿Cómo avanzar por la vida enfrentando una ruta tan accidentada e inestable? ¿Cómo avanzar, sin temeridad en el esfuerzo por avanzar hacia la meta?. ¿Cómo saber cuáles son los ajustes y adecuaciones que requiere nuestra ruta de vuelo sin que por ello perdamos el rumbo y cambiemos de destino?

Sólo tenemos una respuesta segura y valedera.

El cambio con Cristo queridos graduandos es garantía de un destino seguro.

Esta mañana el Señor una vez más se acerca a nuestra puerta y toca, él desea entrar. No importa cómo encuentre la casa de nuestra vida, si le abrimos, él la puede transformar. ¿Quieren ustedes aprovechar esta oportunidad para entregar el control de su vida, su voluntad a Cristo para que él realice los cambios que considere necesarios? Para que mediante su Espíritu haga un obra regeneradora que les transforme en agentes de cambio como lo hizo con Pablo y muchos otros en el pasado?

Probablemente alguno de ustedes no ha tenido la oportunidad de dar un testimonio público de su aceptación de Cristo como su Salvador personal, yo no quisiera terminar esta mañana sin ofrecerle la oportunidad de hacer una decisión y delante de la iglesia invitarle a levantar su mano en medio de la congregación y entregar su vida a Jesús para que él la tome y la dirija desde ahora y para siempre.

¿Hay alguno que quiere responder?

Oremos