Educación en paz para la paz
Por Tevni Grajales G.*

La idea de educar para la paz no es nueva. Johnson (1998) afirma que durante el siglo pasado, algunos educadores de Nueva Inglaterra promovieron la educación para la paz tras una visión de un mundo sin guerra ni violencia. Se trataba de un enfoque desde una definición negativa de paz (ausencia de guerra). Pero la primera y la segunda guerra mundial hicieron de este un tema peligroso dado que hacía ver a sus promotores como traidores a los intereses de la nación. Esto introdujo a la educación para la paz en un periodo de oscurantismo del cual salió con una orientación positiva y diferente, la paz por el construccionismo social mediante la disminución de la violencia y el mejoramiento de las condiciones de vida de las personas.

Durante la década de los años 80, la educación para la paz se orientó, en EEUU, hacia la solución de conflictos, por medio de la enseñanza de estrategias para la comunicación y la negociación. Se hicieron esfuerzos educativos para evitar la destrucción del planeta y este énfasis condujo finalmente a considerar la educación para la paz como un estilo de vida que promueve el bienestar personal y social.

Con el incremento de los recursos tecnológicos, la década de los años 90 permitieron a la educación para la paz introducirse en el terreno de la comprensión internacional y la multiculturalidad. Se promovió el intercambio de información y el intercambio cultural. Maestros y estudiantes utilizaron la red internacional de comunicación electrónica para facilitar las relaciones con sus contrapartes en otros lugares del planeta.

Hace alrededor de 15 años el tema de la educación para la paz llegó a lograr una relevancia universal. La Organización de las Naciones Unidas apoyada en su recién creada Universidad para la Paz y por medio de su organismo para la Ciencia la Educación y la Cultura ha promovido una serie de acciones y eventos que han puesto el tema en la palestra universal. En 1986 destacados científicos, convocados por la UNESCO, dieron a conocer el llamado Manifiesto de Sevilla mediante el cual se dio origen a un movimiento de investigación para la paz mediante la búsqueda de las raíces económicas, sociales y culturales de la violencia y la guerra (Adams, 1991). El Manifiesto de Sevilla es un documento que fue adoptado por la ONU en 1991.

La carta constitutiva de la ONU declara en su preámbulo que: "las guerras nacen en el espíritu de los hombres, es por tanto en el espíritu de los hombres en que deben ser levantadas las defensas de la paz". Esta declaración da sustento político a la educación para la paz. Porque "aunque se lograra por alguna suerte de milagro que desaparecieran las armas y los ejércitos de la faz de la tierra, la violencia no desaparecería, en la medida que la violencia se mantiene viva en la mente del ser humano" de allí la necesidad de la acción pedagógica para la paz, de la educación para la paz.

No se trata de una acción psicoterapéutica pues la educación para la paz no busca la terapia individual sino la acción social. Es una metodología que adopta el paradigma holistico. Propone una visión totalizante de conjunto integradora, pero a diferencia del cientificismo- va más allá de la ciencia occidental y busca inspiración en las filosofías provenientes de la tradición oriental de fuentes budistas, taoistas o tibetanas y también en las filosofías panteístas que nutren la cosmovisión de los pueblos indígenas de América Latina y de otras partes del mundo (Padilla, 1991).

De manera que educación para la paz es un término inocuo que aunque entendido de diversas maneras, en los últimos años es una especie de slogan para una gran cruzada en la que la globalización, el ecumenismo religioso y la educación universal van de la mano en busca de un milenio de armonía, paz, y desarrollo sostenible para todos los pueblos de la tierra. Proyecto al que se adhiere la conmemoración del año 1999 como el año de la paz y el año 2000 como el año del Jubileo según el plan de trabajo de la Iglesia Católica Romana.

Al hablar de la educación para la paz al finalizar el siglo XX es conveniente recordar que durante la mayor parte de este siglo que acaba de terminar, la paz fue entendida como ausencia de guerra. También se entendió el desarrollo como sinónimo de crecimiento económico e industrialización. La educación se practicó desde la perspectiva de la instrucción con énfasis en la transmisión de información y la memorización. Pero todos estos conceptos han cambiando y se procura transformar los sistemas educativos a fin de responder a un nuevo paradigma en el que la paz consiste en la armonía de la persona consigo y con su medio.

Hoy el desarrollo es algo que tiene que ver con las personas y no con los objetos, tiene que ver con la calidad de vida y los derechos de las personas; tiene que ver con "la articulación orgánica de los seres humanos con la naturaleza, con la tecnología, la industrialización y de los procesos globales con los comportamientos locales, de lo personal con lo social, de la planificación con la autonomía y, en suma, de la sociedad civil con el Estado" (Padilla, 1991, p. 287). Al finalzar el siglo se aspira a ampliar las oportunidades de los individuos para hacer que el desarrollo sea más democrático y participativo lo que supone acceso al ingreso y al empleo, a la educación y la salud y a un medio ambiente limpio y seguro. El desarrollo humano debe asegurar a la persona al menos tres de sus necesidades básicas: disfrutar de una vida prolongada y saludable, adquirir conocimientos y tener acceso a los recursos necesarios para lograr un nivel de vida decoroso y decente.

Educar es algo más que la transmisión de información y desarrollo de destrezas para el desempeño técnico o profesional. Se trata de cultivar el potencial inherente a cada persona, del desarrollo armonioso de sus facultades, de la formación de su carácter y la toma de conciencia respecto a sus derechos y responsabilidades, del desarrollo de una personalidad equilibrada. Se trata de la formación de una persona cognitiva y emocionalmente inteligente, capaz de tomar decisiones, planear su futuro y con habilidades y disposición a aprender.

La educación para la paz requiere de la revisión de los programas formadores de maestros, pero como señala Griffin (1999), los cambios en la forma como los maestros son preparados y la forma como el subsecuente desarrollo profesional tiene lugar no se han dado fácilmente. Es importante que los futuros educadores desarrollen una nueva manera de pensar respecto al papel que le corresponde en el proceso enseñanza-aprendizaje al maestro y al alumno.

La educación para la paz implica prevención de la violencia, mediación de compañeros, democracia y ciudadanía, aprendizaje cooperativo, educación multicultural, reducción de prejuicios, justicia social, pensamiento crítico, resolución de conflictos, educación global o internacional. La educación global procura desarrollar conocimientos, destrezas y actitudes que sean una base para la toma de decisiones y la participación desde una perspectiva caracterizada por el pluralismos cultural, la interconectividad y la cooperación económica internacional (Merryfield, 1995). El maestro tiene que desarrollar un conocimiento global, por ejemplo, el maestro de lenguaje no sólo debe estudiar la literatura de diversas culturas sino conocer el contexto histórico y la perspectiva política/cultural desde la cual escribió el autor. El maestro debe ser expuesto a experiencias transculturales, debe saber hacer conexiones entre la educación global, la educación multicultural y la educación para la paz.

Para Girard (1995) una escuela o aula pacífica tiene lugar cuando valores y destrezas tales como cooperación, comunicación, tolerancia, expresión emocional positiva y la solución de conflictos se enseñan y al mismo tiempo son apoyados por medio de la cultura escolar.

La educación para la paz es una educación en la que el estudiante asume mayor responsabilidad por su desarrollo personal, en la que el maestro es un facilitador, en la que existe un mayor grado de participación en la toma de decisiones, en la que el alumno aprende a compartir y a recibir de manera digna, en la que la cooperación y la solidaridad superan los efectos de la competencia o rivalidad. En ella el conocimiento es integrado y el estudiante desarrolla habilidades que le permiten participar de un aprendizaje continuo e independiente. La educación para la paz habilita a la persona para enfrentar sus limitaciones y deficiencias de manera responsable. Permite a la persona los recursos intelectuales, psicológicos, sociales, morales necesarios para vivir con calidad de vida e interactuar con su medio de manera constructiva.

El problema básico que enfrenta la educación para la paz radica en que para que ésta tenga lugar en el contexto de la escuela tradicional, es indispensable un cambio en la cultura escolar. Según Romber y Price (1999), la dificultad de implementar una innovación en particular depende de muchos factores, comenzando con las características que distinguen a la innovación en sí hasta las estructuras de la cultura afectada por el cambio. Pero el desafío es mucho mayor al considerar que educar para la paz implica un cambio en la forma de pensar de la humanidad en general, una revisión de la cosmovisión de los pueblos, la superación de las costumbres y tradiciones que por siglos han regulado la forma como los grupos sociales se relacionan entre sí y con el medio ambiente.

La educación para la paz es un proyecto que tiene que ver más con las nuevas generaciones que con las actuales. Tiene sus mejores posibilidades entre los niños que ingresan en estos años a los diversos sistemas educativos del mundo y es por ello que se orienta más hacia la educación primaria que a la preparatoria o la universidad. Con esto no se quiere decir que no está siendo considerada en otros niveles sino que tiene sus mejores esperanzas puestas en un futuro mediato.

La educación para la paz, desde una perspectiva bíblica parece no diferir con las inquietudes y aspiraciones de las propuestas actuales. Pero una reflexión más cuidadosa permite destacar elementos irreconciliables.

Las Sagradas Escrituras señala la dignidad y la centralidad de la persona humana como corona de la creación divina hecha a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26). Tal es la importancia que Dios otorga a la persona humana, que dio a su Hijo para que los seres humanos puedan recuperar su dignidad, y condición de hijos de Dios (Juan 3:16; I Juan 3: 1,2). El abuso del poder, la injusticia del hombre hacia el hombre, los desequilibrios sociales y la violencia en todas sus formas es presentada en la Biblia como un fenómeno extraño que contraría el plan de Dios y contra lo cual Dios tiene un tiempo señalado para actuar (Santiago 5: 1-9). Se enseña que Dios espera un desarrollo armonioso e integral de la persona humana (III Juan 2; Lucas 2: 40, 52). También atribuye al ser humano el papel de mayordomo y protector de la naturaleza (Génesis 2:15). El principio "amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Levítico 19:18) es más que suficiente para sustentar todos los criterios de cooperación, solidaridad, equidad, democracia, participación, comprensión, respeto mutuo, atención a los derechos y necesidades de otros, etc.

Al estudiar las implicaciones prácticas de la legislación mosaica respecto a la distribución de la tierra (Levíticos 25:23) -la cual no se podía vender-, o al considerar el derecho que se le otorgaba a la tierra para descansar (Levíticos 25:4), la prohibición a cultivar la misma tierra con semillas diversas, así como la prohibición de tomar a la madre y a sus polluelos encontrados en el nido (Deuteronomio 22: 6-9) dan sustento bíblico a la necesidad de reconocer las implicaciones ecológicas de la conducta humana. Las leyes sobre la impartición de justicia (Deuteronomio 16) y de los préstamos a los pobres (Deuteronomio 15:7, 8 ;23:19)), así como las leyes sobre la guerra, evidencian que a pesar de que el planeta sufre las consecuencias de un conflicto espiritual, Dios hace responsable a los seres humanos de procurar el menor daño y la paz tanto con el medio ambiente como con sus semejantes.

Lamentablemente el cristianismo sólo ha sido, para la mayoría de quienes viven y han vivido en el planeta, una hermosa teoría. Eso ha causado que la sociedad del siglo XXI mire en dirección a otras religiones en busca de solución a los graves e innegables problemas de la humanidad. El humanismo se ha unido al pensamiento panteísta para proponer soluciones que se sustentan en las fuerzas y recursos humanos vislumbrando un universo conformado por energía impersonal. Por otro lado, la Iglesia Católica, conforme a su teología, desarrolla un proyecto de restauración mundial centrado en la doctrina y la tradición de la Iglesia independiente de la cual no hay solución. Esto significa que todos los pueblos y naciones de alguna forma y en algún momento se congregarán en torno al liderazgo papal, para dar lugar al establecimiento del reino de Cristo. Se supone que el aggiorrnamiento introducido por el Concilio Vaticano II y el gran movimiento ecuménico que se originó en el mismo Concilio son los grandes gestores de la nueva era de paz que auguran los líderes políticos, religiosos, económicos del mundo.

Pero la paz y la educación para la paz tal cual la proponen sus más recientes patrocinadores, confronta serios problemas  porque pasa por alto dos asuntos de gran importancia. La voluntad de la persona humana y su naturaleza egoísta. Los teóricos de la paz suponen que por medio de la educación se puede despertar o crear la conciencia de las personas. Pero no hay evidencias de que la toma de conciencia por sí sola produzca un cambio en la persona. Los hábitos, las inclinaciones son difíciles de superar y requieren del ejercicio de la voluntad y en muchos casos de una ayuda externa a cada persona. Muchos son los ejemplos que se pueden ofrecer respecto a esta situación. Una multitud de personas conscientes del daño que se causan a sí mismos y a otros persisten en sus prácticas sin aparente solución a su problema. Considérese al adicto al alcohol o a las drogas, la persona que miente, o el cleptómano, el obeso, y otros casos semejantes. Los medios de comunicación masiva presentan ante los ojos de millones de personas toda clase de tragedias y peligros las cuales conmueven a un porcentaje muy reducido de la audiencia y logran respuesta prácticas por parte de un número minúsculo de personas. La verdadera solución está en la renovación de la naturaleza de la persona. Según palabras de Jesús a Nicodemo: "No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo" (Juan 3:7). Pero esta solución inicial parece no haber funcionado porque no puede ser impuesta a la voluntad humana. Es que la paz verdadera es producto del amor y el amor no se obtiene por medio de mandatos o amenazas. El amor sólo tiene una via y esa via es el amor. Sólo el amor engendra amor;  y únicamente amando como Dios ama, es probable que el ser humano sea movido al amor.

De manera que una educación sin amor genuino nunca podrá conducir a la verdadera paz. Y el amor genuino tiene su origen en Dios. Así que una educación donde no se tiene en cuenta a Dios, su amor y su autoridad, no podrá conducir a una sociedad de verdadera paz. Existe pues el riesgo de que ante tal realidad, las entidades que hoy promueven la noble lucha por una sociedad de paz se vean tentadas a utilizar la autoridad y la fuerza para imponer ciertas normas de conductas que aseguren el interés común, aunque tengan que poner en riesgo la libertad de conciencia y el libre albedrío de la persona humana.

¿Cómo lograr que los inversionistas y empresarios desistan de sus metas económicas en favor de los intereses de quienes le proveen la riqueza que disfrutan? ¿Cómo redireccionar los esfuerzos de las personas acostumbradas a ganar, de manera que estén dispuestos a perder y sacrificarse para ver prosperar a otro? Casi la totalidad de las actividades humanas se rigen por las reglas de la competencia por el primer lugar. Los maestros en las aulas, los políticos en sus puestos, los comerciantes y empresarios en sus negocios, aún los religiosos al promocionar sus proyectos y programas, echan mano de la satisfacción que representa para el ser humano el llegar primero, el ser el mejor, el obtener la mejor posición, el tener las mejores ventajas o ganancias y sobre todo el asegurar primero para sí y para los suyos lo que sea necesario para enfrentar los peligros que, como sociedad, debiéramos enfrentar de manera colectiva.

El cambio que se requiere para salvar el mundo de la crisis que se acerca es mucho más profundo de lo que puede lograr una educación que apunte a la toma de conciencia. Si bien es cierto que le futuro no es tan brillante como lo requiere un espíritu optimista, también es cierto que el texto bíblico requiere de cada cristiano una conducta acorde con la crisis del momento. Jesucristo refiriéndose a estos tiempos finales de la historia del mundo, y a su segunda venida a esta tierra dice "Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis. ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé alimento a tiempo? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así" (Mateo 24: 44-46).

El educador cristiano tiene que comprometerse con una educación para la paz, que integre la obra del Espíritu Santo en el corazón con todos los buenos recursos y propósitos que hoy propone la sociedad del nuevo siglo. No puede el educador cristiano desistir de sus esfuerzos, por el simple hecho de que la solución genuina y final viene de lo Alto. Las aulas cristianas, necesitan transformarse en centro de renovación espiritual, de cooperación y servicio, de trabajo responsable por un desarrollo integral y genuino de la persona humana. Aulas en las que el crecimiento y desarrollo no se midan por puntos ni queden mediatizados a calendarios y actividades programadas, donde cada alumno tenga la oportunidad de crecer según su capacidad sin sentir la amenaza del fracaso o la humillación de ser comparado con otros. Una educación que se nutra del amor y del interés genuino por el bienestar y la prosperidad de los demás. Es una educación diferente a las que ofrecen las aulas del mundo, una educación sin discordias, ni inequidades, sin prejuicios, sin mezquindades; una educación en el contexto de la paz que sólo Cristo puede dar.



*Conferencia dictada en la Universidad de Montemorelos el 9 de Noviembre de 1999


Bibliografía
Adams, David, (1991) Le Manifeste de Séville sur la Violence. Préparer le Terrain pour la Construction de la Paix. París: UNESCO. pp. 10-11

Girard, Kathryn L. (1995). Preparing Teachers for Conflict Resolution in the Schools. ERIC Digest. [En línea] , 24/10/99. Disponible en: http://ericae.net/edo./ED387456.htm

Griffin Gary A. (1999) Perspectives on Teacher Education. En G.A Griffin (Ed.), The Education of Teachers (pp. 1-28). Chicago: The University of Chicago Press

Johnson, Marcia L. (1998) Trends in Peace Education. ERIC Digest. [En línea] , 24/10/99. Disponible en: http://ericae.net/edo./ED417123.htm

Merryfield, Merry. (1995).Teacher Education in Global and International Education. ERIC Digest [En línea] , 24/10/99. Disponible en: http://ericae.net/edo./ED384601.htm

Padilla, Luis Alberto. (1991). Teoría de las Relaciones Internacionales. San José; Costa Rica: FLACSO-UNESCO

Romberg, Thomas A. y Price, Gary G. (1999). Curriculum Implementation and Staff Development as Cultural Change. En G.A Griffin (Ed.), The Education of Teachers (pp. 1-28). Chicago: The University of Chicago Press.



Facultad de Ciencias de la Educación,
Universidad de Montemorelos
Montemorelos, Octubre 31 de 1999.